Actual director del Museo de Bellas Artes de Asturias. Fue discípulo de don Juan Uría Riu y es una de las personas que más ha hecho por entender, desde una perspectiva contemporánea, la integración del arte asturiano en el contexto español y europeo.
Emilio Marcos Vallaure, director del Muséu de Belles Artes d'Asturies, tiene el país de Jovellanos en su cabeza. Nacido en Llanera, con un pie siempre en Oviedo, conoció las parroquias asturianas, una a una, en la década de los 50 de la mano de don Juan Uría Riu y Joaquín Manzanares. Heredero espiritual del grupo La Quintana –aquel grupo que en el XIX impulsaron un programa no por romántico menos científico sobre eso insondable que es el ser asturiano-- dirige con mimo, atención e inteligencia una institución esencial que vertebra, a la manera poética de la hiedra, el país.
“Aquí tenemos, a dos pasos del Museo, la Catedral y el Mercado del Fontán”, nos dice, “y es una pena que el cementerio de San Esteban quede algo lejos, porque sino alguien que desconociese por entero Asturias tendría, con una breve visita a estos sitios, materia suficiente para hacerse una idea de lo que los asturianos pensamos de la vida y de la muerte”.
Una vez me riñó cariñosamente. Había yo propiciado la venida de Seamus Heaney, el poeta irlandés, con motivo de la Semana de les Lletres Asturianes y no se me ocurrió, uno es así de atolondrado, llevarlo de visita al Museo. Allí el autor de La muerte de un naturalista, uno de los libros esenciales de la poesía del siglo XX, podría haber visto los cuadros de Evaristo Valle y Nicanor Piñole, las suaves y pulidas curvas de Navascués, la potencia de Goiko Aguirre o la geometría apasionada de Luis Fernández. Podría haber entrevisto –sombras del Greco, matices de Regollos- esa perspectiva fugaz que huye en la eternidad y que configura un auténtico paisaje del alma humana. Nunca sabremos, por mi culpa, qué poema habría escrito.
Generoso, atento, cordial: obsesivo y meticuloso en sus pasiones; Emilio Marcos Vallaure sabe que es más importante haber viajado que viajar y defiende, a capa y espada, que es más importante amar que haber amado, más importante admirar que envidiar. Le gusta charlar, si es que encuentra a lo largo del camino con quien charlar, y se le puede encontrar tomando un café anotando en un cuaderno cualquier minucia de un cuadro. Minucia, sí; pero de esos materiales endebles –él lo sabe-- está hecha la eternidad.
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