José Manuel Valdés Costales es poeta y librero de lance en el Oviedo Antiguo. Su vida entre libros, sedentaria y rutinaria, no oculta un pasado interesante: en 1974, con veinte años cumplidos, se fue en moto desde Asturias a Portugal para saludar la esperanza que significó la Revolución de los Claveles; ya de vuelta, descubrió su auténtica vocación que lo llevaría a ser uno de los libreros anticuarios más reconocidos de España: sus viajes por Castilla y Portugal buscando libros y papeles viejos alcanzan, en sus recuerdos, los matices de la leyenda.
“Na primavera tamién retueyen voces. / Son como caparines que furen la ventana / fuxentes, / verdes, / cabántenes salir / d’un iviernu perfondu. // Per un instante, esperes / qu’una diga’l to nome. / Dempués nun te da más: / naide ye l’amu / de lo qu’ufierta a toos la primavera”. Quien así habla, reposado, franco y sabio, es José Manuel Valdés Costales (Quintueles, Villaviciosa, 1942) , un hombre que es munchos hombres, con muchos oficios: librero de viejo (regenta en Oviedo uno de los mejores establecimientos de España), pescador de caña y, sobre todo, poeta. Poeta secreto, en todo caso, que elude con la retórica de la amistad hablar de algo que considera, quizás, demasiado íntimo.
Es un gran conversador y, como todos los conversadores, alguien que se ha asomado, con curiosidad y prudencia, al hondón del alma humana. Si no le conociese bien, y ya hace muchos años que lo trato, diría que está haciendo oposiciones a personaje de Benito Pérez Galdós: ya saben, aquel hombre bueno que, en su botica, ordena a su manera el mundo y pasma ante el viento desolado de la Historia, que todo lo devasta. Las sacaría, no lo duden, y el puntilloso jurado le daría un cum laudem como una casa, pero Valdés Costales, que vive entre libros, decidió hace mucho tiempo salirse de los estrictos márgenes de la literatura. Prefiere la vida real; prefiere, a otros estupefacientes intelectuales, la admiración por lo que otros hacen.
Es, sin duda, el personaje más literario que conozco: no hay quien lo someta a un cliché. Es librero de viejo: lectores y coleccionistas de todo el mundo lo tratan a diario y se supone por muchas razones que atesora volúmenes únicos que sólo el amor puede recompensar; buenas lenguas me han confesado, con cierta envidia, que es el mejor pescador de la costa cantábrica y que hay que verlo saltar de una peña a otra, mientras la ola chisca su eternidad de espuma y diosa, para caer de pie en las orillas del asombro. Poeta también: su libro, Memoria encesa, escrito en un asturiano claro y verdadero, se encuentra con una frecuencia inusitada con eso que Bergson, el filósofo francés, llamaba duración y Martín López-Vega –otro poeta que entrevistaré más adelante-- llama intensidad.
En 1974 llegaron a su concejo de Villaviciosa noticias de la Revolución de los Claveles. A él le gustaba el fútbol y la libertad. Cogió su moto y se fue a Portugal. ¿Por qué esperar a disfrutar del paraíso si basta alargar una mano y beber un vaso de agua? Pues eso.
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