La pintora asturiana, aclamada internacionalmente, mantiene con sus lienzos una relación única e íntima. Ha expuesto en las mejores galerías de Nueva York, París y Madrid, provocando un misterio con su preciso trabajo. Asturiana de Oviedo tiene una curiosa y profunda relación con la filosofía oriental.
Kely Méndez Riestra es una de las mejores pintoras asturianas del momento. Su pintura aúna la magia y la precisión de quien, poniendo muncha atención, pinta acaso paisajes anímicos o --tal vez sea esto más exacto-- envoltorios suaves para el alma que divaga. Profunda y elocuente, no le disgustaría aquel relato --a nosotros nos lo contó Margaritte Youcenar-- de aquel pintor chino que se esforzó, durante largos años años, en pintar una y otra vez el mismo paisaje: en un primer plano, un pájaro rojo posado en una caña de bambú; en un segundo, algo velado por la niebla y un reguero que se presiente, una tapia con una puerta cerrada por la que se accede a un jardín secreto. Una y otra vez el pintor chino pintó ese mismo cuadro hasta que un día, ya nonagenario, lo pintó por última vez con un arte que nunca se había visto. Lo miró fijamente, sabiendo que había conseguido lo anhelando, y saltó al cuadro, abrió la puerta del jardín y se internó para siempre en la eternidad.
Nada hay más mudable --quizás los cielos asturianos se le parezcan-- que la pintura de Kely Méndez Riestra. Sus cuadros propenden a la abstracción pero son, en realidad, la demorada figuración del detalle. Lírica, a Kely le gusta el proceso de pintar y se manda del pensamiento zen para lograr la serenidad. No busca, aunque encuentra; huye de todo extremo y trabaja, demoradamente, desde desde esa serenidad señalada que se derrama, sin embargo, con alegría y generosidad. Aclamada en las mejores galerías de París y de Madrid, su pintura crece lentamente, en círculos concéntricos.
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